Comerte un elefante a pedacitos

Hay una pregunta que, consciente o no, atraviesa todas nuestras decisiones:

¿Creo que merezco la vida que deseo?

Porque, como dice Millán Ludeña,

“Nadie persigue en la vida lo que no cree que merece.”

Esta frase es incómoda.
No porque sea dura, sino porque es honesta.

Muchas veces no es que no sepamos qué queremos.
Es que, en lo profundo, no creemos que sea para nosotras.
Y desde ahí, sin darnos cuenta, vamos achicando la vida.

No pedimos, no intentamos, no nos movemos.
No porque no podamos, sino porque no nos sentimos autorizadas.

Por eso, más que una vida perfecta, lo que necesitamos cultivar es una vida posibilitadora.

¿Qué es una vida posibilitadora?

Una vida posibilitadora no es una vida sin miedo, sin dolor o sin obstáculos.
Es una vida donde eliges no definirte únicamente por ellos.

Es una forma de estar en el mundo donde, frente a la dificultad, no te preguntas solo “¿por qué me pasa esto?”, sino también:

¿Qué puedo hacer con esto?
¿Qué sentido puedo darle?
¿Qué parte de mí está siendo llamada a crecer?

Aquí es donde el pensamiento de Viktor Frankl se vuelve fundamental.
Frankl, sobreviviente de los campos de concentración, nos recordó algo esencial:

“Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio.
En ese espacio reside nuestra libertad y nuestro poder de elegir nuestra respuesta.
En nuestra respuesta yace nuestro crecimiento y nuestra libertad.”

Ese espacio es el territorio de una vida posibilitadora.
No siempre podemos elegir lo que ocurre,
pero sí podemos elegir desde dónde respondemos.

Scroll al inicio